Habiendo publicado hace poco una reseña de un cómic, no tenía previsto volver sobre el tema tan pronto.
Pero, claro, uno hace planes y luego las cosas pasan sin preguntarnos demasiado nuestra opinión.
Ocurre que hace poco ha muerto el autor belga Hermann Huppen, inicialmente dibujante y luego también guionista de historietas y uno de los últimos miembros de la llamada Bande dessinée francesa que seguía en activo. Yo conocí a Hermann siendo muy niño, desde las páginas de la revista Mampato: ahí comencé la lectura de "Bernard Prince" y "Comanche", dos de sus series creadas en colaboración con el guionista francés Greg.
Por aquel entonces yo estaba muy impresionado por la calidad del dibujo, los colores y sobre todo por las historias de aventuras que se presentaban en esas sagas: correrías por el mundo actual, en el caso de "Bernard" y relatos del Lejano Oeste norteamericano, para "Comanche". Se transuntaba una visión bastante poco edulcorada del ser humano y sobre todo lo poco que cambian las cosas, no importa el lugar y el tiempo, cuando hay ambición y egoísmo de por medio.
Esta visión un tanto pesimista de nuestra particular sociología y psicología se iría consolidando en otros trabajos de Huppen, especialmente cuando comenzó a trabajar en solitario. Series como "Jeremiah", un western post apocalíptico o "Las torres de Bois-Maury", su magnus opus histórico, desarrollan relatos plenos de acción y de giros argumentales, con personajes complejos, ninguno realmente héroe o villano: todos con virtudes, defectos y matices.
Y es que, aparte de un dominio absoluto del dibujo y los colores, Hermann nunca cae en el hiper realismo: aunque gusta de visitar el costumbrismo, la historia o el relato policial, el autor siempre escribe desde la ficción... y sin embargo tiene una habilidad única para mantenerse cerca de la realidad; sin exageraciones pero falto de ilusiones. Consideraciones argumentales aparte, con el paso del tiempo, Huppen fué refinando su trazo y su manejo del color, particularmente en sus trabajos de los últimos 20 años, con un uso sencillamente magistral de la acuarela.
Todo ello ha hecho que el autor sea uno de mis referentes absolutos del cómic en general y del europeo en particular, especialmente como un vehículo narrativo perfectamente válido, con un lenguaje y códigos estéticos del todo aparte de la ficción literaria escrita.
Hay pena por su partida, como ocurre con cualquier artista de lustre, pero nos queda, a los que le seguimos, su ¡magnífica! obra, casi totalmente traducida al español: una obra que puede que siga adelante con otras manos, ya que colaboró a menudo con su hijo Yves, guionista también de nota.
No será lo mismo sin Hermann Huppen, está claro: ojalá y su pluma dibuje un camino hacia los cielos, donde seguirán siempre vivos todos sus colores y las historias fruto de su mano y su mente creadoras.





















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